El factor de riesgo cardiovascular modificable más difícil de controlar: el estrés crónico

La tensión arterial se mide en milímetros de mercurio (mmHg); el colesterol y la glucosa, en miligramos por decilitro (mg/dL). El tabaco se cuenta en cigarrillos; el peso, en kilos; el sedentarismo, en minutos de actividad. Entre los factores de riesgo cardiovascular modificables, el estrés crónico es el único sin cifra, sin pastilla y sin objetivo claro. Por eso es el más difícil de controlar.

Una alarma útil que no se apaga

El estrés agudo es una respuesta de alarma útil y breve: el organismo se activa, resuelve y vuelve a la calma. El crónico aparece cuando no hay vuelta: una sobrecarga laboral, el cuidado de un familiar, los apuros económicos, la soledad o un conflicto enquistado mantienen esa alarma encendida semanas o meses.

Mantenerla así tiene un coste: la carga alostática (el desgaste que acumula el organismo por sostener esa respuesta más tiempo del previsto). Un motor no se estropea por un acelerón, sino por circular siempre pasado de revoluciones.

Este artículo trata de prevención; si ya convives con una enfermedad coronaria, lee estrés y salud emocional en la cardiopatía isquémica.

Qué dice la evidencia: luces y sombras

El estudio INTERHEART comparó a 11.119 personas que habían sufrido un primer infarto con 13.648 personas sin infarto, de 52 países. El estrés se midió con cuatro preguntas sencillas; quienes declaraban un estrés permanente en el trabajo, en casa o en ambos tenían algo más del doble de probabilidad de infarto (odds ratio de 2,17). A los factores psicosociales en conjunto (estrés, depresión y otros) se les atribuyó el 32,5 % de los infartos de la población, frente al 35,7 % del tabaco y el 17,9 % de la hipertensión.

Esas cifras tienen letra pequeña. INTERHEART preguntó por el estrés después del infarto, cuando los meses previos tienden a recordarse más duros (sesgo de recuerdo). Los estudios que miden primero el estrés y observan después qué ocurre dan efectos más modestos. Uno de los mayores, un análisis conjunto de 13 estudios europeos con 197.473 trabajadores seguidos una media de 7,5 años, encontró que la tensión laboral (mucha exigencia y poco control sobre el propio trabajo) se asociaba a un 23 % más de riesgo de enfermedad coronaria, y le atribuyó el 3,4 % de los casos. Según sus autores, prevenirla podría reducir el número de casos, pero mucho menos que actuar sobre factores clásicos como el tabaco.

Ambas cosas son ciertas: el estrés crónico es un factor de riesgo real, pero su peso exacto es más difícil de medir que el de la tensión o el colesterol.

Del cerebro a la arteria

Un estudio con técnicas de imagen siguió durante casi cuatro años a 293 personas sin enfermedad cardiovascular: una mayor actividad de la amígdala (la región cerebral implicada en la respuesta al estrés) se asoció a más actividad de la médula ósea, más inflamación de las arterias y más eventos cardiovasculares. Con solo 22 eventos, señala un mecanismo plausible, no una demostración definitiva.

Se suman vías mejor conocidas: la activación sostenida del sistema nervioso simpático (el «acelerador» del organismo) y la liberación mantenida de cortisol (la principal hormona del estrés) contribuyen a elevar la tensión arterial, favorecen la resistencia a la insulina (la antesala de la diabetes tipo 2) y la grasa abdominal, y reducen la variabilidad de la frecuencia cardiaca. Y una indirecta: peor sueño, más tabaco y alcohol, peor alimentación, menos ejercicio y peor cumplimiento de los tratamientos.

Por qué es el factor más difícil de controlar

La dificultad no está en que sea el más dañino, sino en que escapa a las herramientas con las que se controlan los demás. Seis razones lo explican.

No tiene cifra

No existe un equivalente a los mmHg de la tensión o a los mg/dL del colesterol. El estrés se valora con entrevista y cuestionarios, y no hay un análisis validado para medirlo en la práctica clínica habitual. Sin número no hay objetivo ni forma sencilla de saber si se mejora: nadie recibe un informe que diga «su estrés ha bajado veinte puntos».

No tiene pastilla

No existe ningún fármaco que «baje el estrés» y que haya demostrado con ello reducir infartos. Con el colesterol o la tensión ocurre lo contrario: hay tratamientos que bajan la cifra y, al hacerlo, evitan infartos. Eso no resta valor al tratamiento de la ansiedad o la depresión cuando está indicado, ni es motivo para abandonarlo.

Su origen muchas veces no depende solo de ti

Un turno imposible, una deuda o un familiar con demencia no se resuelven con fuerza de voluntad. Dejar de fumar, por difícil que sea, es una decisión propia; cambiar las condiciones de trabajo, a menudo no. Por eso el clásico «tómatelo con más calma» resulta tan inútil como injusto.

Está normalizado, incluso bien visto

Tendemos a confundirlo con productividad o compromiso: la agenda desbordada suena a virtud. Nadie presume de tener la tensión alta, pero sí de no parar. Y como no duele, siempre queda para más adelante.

Sabotea el control de los demás factores

Quien vive en alarma tiene más difícil bajar la tensión, el peso o la glucosa, dejar el tabaco y ser constante con la medicación. El estrés no solo suma riesgo: también complica justo lo que sí tiene solución.

La percepción se habitúa

Tras meses en alerta, lo que era excepcional pasa a ser «lo normal» y dices con sinceridad que estás bien. Que ya no lo notes no significa que haya desaparecido: el organismo puede seguir acusándolo en la tensión arterial, el sueño o el pulso.

Lo que sí funciona, y con qué certeza

Difícil no significa intratable, aunque no todas las medidas tienen el mismo respaldo. La mejor avalada es el ejercicio físico regular, que actúa a la vez sobre el estrés y sobre el riesgo cardiovascular. También cuenta dormir lo suficiente. La terapia cognitivo-conductual (un tipo de psicoterapia centrada en modificar pensamientos y conductas) y los programas estructurados de manejo del estrés alivian el malestar, aunque está menos demostrado que eviten infartos; la relajación y la meditación sirven como complemento, con evidencia más modesta. El apoyo social amortigua la carga y, cuando la fuente admite cambios, modificarla ataca el problema de raíz.

Y la clave: como el estrés no se puede medir ni tratar con precisión, conviene controlar con más rigor los factores que sí tienen cifra y tratamiento, igual que ante un factor heredado y apenas modificable como la lipoproteína(a).

El objetivo realista no es eliminar el estrés, sino reducir el tiempo que el organismo pasa en alarma y mejorar su recuperación.

Qué aporta la valoración cardiológica

El papel de la cardiología no es medir el estrés, sino lo que este puede estar alterando. Se estima el riesgo cardiovascular global y se solicita una analítica. El MAPA (monitorización ambulatoria de la presión arterial durante 24 horas) puede descubrir una hipertensión enmascarada: cifras normales en consulta y elevadas durante la jornada. Si hay palpitaciones, se añade un electrocardiograma o un Holter (registro continuo del ritmo cardiaco durante 24 horas o más).

Preguntar por el estrés forma parte de una valoración completa: la guía de prevención cardiovascular de la Sociedad Europea de Cardiología (ESC, 2021) lo considera un modificador del riesgo, con un patrón dosis-respuesta (a más estrés, más riesgo), y contempla valorarlo.

Ponerle nombre es el primer paso

Que el estrés crónico no tenga cifra ni pastilla no lo convierte en un asunto menor ni en una culpa de quien lo padece. Pide otra estrategia: reconocerlo, no darlo por normal y cuidar mejor lo que sí se puede medir. También aquí, la mejor medicina es una buena prevención.

Fuentes y lecturas recomendadas

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Este artículo tiene una finalidad exclusivamente informativa y no sustituye la valoración ni el consejo individualizado de un profesional sanitario. Ante síntomas agudos como dolor torácico intenso, llama al 112.